Cuando pensamos en un sofá cama, probablemente todos tenemos una imagen parecida en la cabeza.
Llega la noche, hay que quitar cojines, mover alguna pieza, tirar de una parte del sofá, levantar otra... y después de un pequeño ejercicio de paciencia, aparece la cama.
Pero lo cierto es que no todos los sofás cama funcionan igual.
Existen diferentes sistemas de apertura: clic-clac, libro, acordeón, nido, desplegables, convertibles... Cada uno tiene su propia manera de transformar el sofá en cama.
Y entre todos ellos hay uno que tiene una característica muy particular: el sistema italiano de apertura.
Un sofá y una cama que no tienen que compartir el mismo sitio

Aquí está, probablemente, la diferencia más importante.
En muchos sistemas de sofá cama, la superficie sobre la que te sientas durante el día acaba formando parte de la cama por la noche. En el sistema italiano no funciona así.
La cama aparece mediante un mecanismo independiente, de manera que no duermes donde has estado sentado y no te sientas donde has dormido.
Parece un detalle pequeño, pero cuando utilizas el sofá cama con frecuencia se nota muchísimo.
Durante el día tienes tu sofá exactamente como cualquier otro sofá. Te sientas, ves la televisión, lees, recibes visitas o simplemente te tumbas un rato. Y cuando llega la hora de dormir, en cuestión de segundos puedes abrirlo y disponer de una cama.
Por la mañana, haces el proceso contrario y vuelves a tener el sofá. Sin desmontarlo. Sin tener que buscar dónde guardar los cojines. Sin convertir el salón en un dormitorio durante todo el día.
¿Y qué otros sistemas existen?
Hay muchos sistemas de sofá cama y no sería justo decir que todos son iguales.
El clic-clac, por ejemplo, es uno de los más conocidos. Su funcionamiento es sencillo y precisamente por eso se ha utilizado muchísimo.
El sistema libro también es muy habitual. El sofá se transforma en cama mediante el movimiento de sus partes, normalmente de una manera bastante intuitiva.
El sistema acordeón utiliza otro concepto diferente, extendiendo la estructura como su propio nombre indica. También existen sistemas nido, desplegables o convertibles, cada uno pensado para unas necesidades determinadas.
Entonces, ¿por qué hablamos tanto del sistema italiano?
Porque aporta algo que para muchas personas es fundamental: la cama y el sofá funcionan de forma independiente. Y cuando el sofá cama va a utilizarse habitualmente, esta diferencia puede ser importante.
Abrirlo no debería convertirse en una tarea

Otra de las grandes ventajas del sistema italiano es su facilidad de apertura. La idea es muy sencilla: abrir, dormir y volver a cerrar.
El mecanismo está pensado para que la transformación se haga en pocos segundos y sin necesidad de realizar una complicada operación cada vez que queremos utilizar la cama.
Y esto es especialmente importante cuando hablamos de una cama que se utiliza con cierta frecuencia. Porque una cosa es abrir un sofá cama una vez al año cuando vienen unos amigos a dormir y otra muy diferente es utilizarlo todas las semanas, o incluso todos los días.
Cuando algo se utiliza habitualmente, cuanto más sencillo sea, mejor.
Pero hay algo todavía más interesante
Hasta aquí podríamos estar hablando simplemente de las ventajas del sistema italiano. Pero un sofá cama puede tener otra dificultad: ¿qué pasa cuando no queremos cualquier sofá cama?
Porque no todas las habitaciones son iguales. Hay salones grandes y pequeños. Espacios estrechos, rincones aprovechables, paredes largas, distribuciones complicadas...
Y aquí es donde un sofá cama puede dejar de ser simplemente un producto que escogemos de un catálogo y convertirse en un sofá que hay que adaptar al espacio. Por eso, además del sistema de apertura, también es importante poder elegir cómo queremos configurar el sofá.
Un sofá cama también puede hacerse a la carta

En Sofàs Molist trabajamos el sistema italiano con diferentes medidas de cama: 90, 105, 120, 140 y 160 cm. Esto permite plantear soluciones muy diferentes dependiendo del espacio y del uso que vaya a tener.
Puede ser un sofá individual, una composición en línea, una chaise longue o incluso una rinconera. Y también se pueden personalizar diferentes elementos del sofá, como los respaldos, los asientos y los brazos.
Es decir, no se trata simplemente de elegir un sofá cama y buscarle un sitio en casa. La idea es justamente la contraria: partir del espacio, de las necesidades de la persona y del uso que se le va a dar, y configurar el sofá en función de todo ello.
Porque un sofá cama no tiene por qué parecer un sofá cama
Durante muchos años, cuando alguien decía «sofá cama», era fácil imaginar un mueble que cumplía dos funciones, pero que visualmente estaba más condicionado por la necesidad de esconder una cama dentro. Hoy no tiene por qué ser así.
Puedes querer un sofá cómodo y bonito para utilizar todos los días y, al mismo tiempo, necesitar una buena cama para cuando alguien se queda a dormir. Y ambas cosas pueden convivir.
Ese es, precisamente, uno de los puntos fuertes del sistema italiano: la cama está ahí cuando la necesitas, pero durante el día el protagonista sigue siendo el sofá.
La verdadera diferencia está en cómo se vive
Al final, elegir un sofá cama no debería consistir únicamente en preguntarse cuánto mide la cama o qué sistema de apertura tiene. Hay que pensar en algo mucho más sencillo: ¿cómo voy a utilizarlo en mi vida diaria?
Si la cama se va a utilizar muy de vez en cuando, probablemente existan diferentes sistemas que puedan cumplir perfectamente su función. Pero cuando queremos un sofá para utilizar todos los días y, además, una cama que podamos abrir con facilidad cuando la necesitemos, el sistema italiano ofrece una solución especialmente interesante.
Porque la gracia no está solamente en que un sofá pueda convertirse en cama. La gracia está en que pueda hacerlo sin dejar de ser un buen sofá durante el resto del tiempo.
Ni duermes donde estás sentado, ni te sientas donde has dormido. Dos funciones diferentes, en un mismo mueble, sin que una tenga que molestar a la otra.




